Pásame el tequila ¿no?
Quiero ponerme a beber y un cigarrillo fumar. A la mujer que mato mi sentimiento ir a buscar.
Tú nunca debiste jugar con mi tonto corazón, por lo que has hecho mi amor, muy caro lo vas a pagar.
No estoy triste, no es mi llanto, es el humo del cigarrillo el que me hace llorar.
Mientras escuchaba aquella y tan buena canción de Dildo, el comenzó a espiarme a pesar de mis profundos pensamientos.
Definitivamente, su presencia era fuerte porque de pronto mi mirada se desvió, a ese lugar, a él, ese maldito recuerdo.
< ¡Ya te había olvidado! >, pensé, mientras proseguía escuchando esa canción.
Procuré no hacer más caso y seguir con mi música.
Ahí sigue ¡carajo!
Tengo que hacer algo, pues me molesta sobremanera esta intromisión en mi privacidad mental. Esto lo medito en las noches, cuando estoy más tranquila y tengo tiempo para pensar un poco en los pendientes. Me digo a mí misma que este fin de semana iré al psicoterapeuta, para que ponga el remedio al crecimiento de esto, que me está pasando.
Ese sábado me despertaron 2 recuerdos más. Cuando abrí los ojos para ubicarme en la realidad, vi otro. Asustada, abrí más los ojos solo para contemplar un largo tren de recuerdos con vagones de recuerdos, como de colores.
Parecía una larguísima y delgada serpiente que entraba a la recamara por el pasillo, atravesaba todo el departamento. ¡Era un tren enserio!
En un instante me vi muerta: acostada en la cama, atropellada, producto del mismo tren de recuerdos que se había apoderado poco a poco de mi cuerpo. Afortunadamente sólo fue una visión, producto de mis nervios al ver ese tren en mi casa. Sin embargo si no hacía algo pronto, no dudaba que acabaría así.
¿Qué hacer? Lo primero que se me ocurrió fue quitarle una vía. Por desgracia no podía hacer eso. ¿Pero cómo podía hacerlo? El tren parecía leer mi mente aún más, y me había impedido hacer ese tipo de locura. Solo me quedaba algo ¡el teléfono! Tenía una extensión en mi cuarto, podría llamar a una grúa y por supuesto ellos me ayudarían a escapar. ¡Claro, buena idea! Tomé el auricular con desesperación, pero ¿cuál era el número de la grúa? ¡No lo sabía!
Jamás tuve la necesidad de llamar a una grúa y era tal mi angustia que ni siquiera recordaba el número de mi hermana o alguna de mis amigas. Cuando por fin logré marcar uno, nadie me contesto y, por el contrario, del auricular salió un pequeño trenecito, parecido al que me sigue constantemente. Comencé a gritar entre asustada, angustiada e histérica. Mis nervios ya no podían más, estaba a punto de darme por vencida cuando me asomé a la ventana que da a la calle y grité con todas mis fuerzas, a todo pulmón...
En ese momento, mi panzón me despertó, asustado al escuchar mis gritos y del alboroto que me traía.
Cuando lo vi, lo conocí,le pregunté casi desquiciada si estaba bien y cómo había llegado con él, si toda mi casa estaba atestada por ese maldito tren. Con su calma, su timidez acostumbrada, Ricardo me dijo que todo había sido un sueño y que me calmara, el tal tren no existía y los dos estábamos perfectamente bien. Poco a poco me ubiqué en la pieza, observe los muebles, quietos intactos. Me levanté y salí despacio por el pasillo vacío hasta llegar a la sala. Allí, sólo me recibió el brillo, entre la madrugada de mi panzón, y la pequeña sombra de un tren que atestaba en uno de mis recuerdos, por ahí en la esquina de mi ventana.
Hoy gracias a ti panzón. Ese tonto tren se fue...